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FIRMA INVITADA

El mundo digital no es líquido, es húmedo

El filósofo Zygmunt Bauman habló con gran acierto de que vivimos en un mundo líquido, pero el mundo digital que se está formando es, más bien, húmedo.

Una humedad densa y penetrante de ceros y unos lo empapa todo, y hace que hasta lo más consistente se reblandezca. Si las construcciones que hemos venido levantando durante siglos se agrietaran por efecto de las tensiones de lo nuevo, se podría, al menos, contener el derrumbe apuntalándolas; pero si lo que sucede es que la estructura se reblandece por efecto de esta humedad digital, no hay puntales que contengan el desmoronamiento. Vivimos hoy esta situación desconcertante de inconsistencia de aquello que hasta ahora se mantenía firme y nos albergaba.

Y tenemos que adaptarnos a vivir en este mundo húmedo, en el que la materia atómica, antes sólida, está penetrada por ceros y unos, formando una pasta plástica y rezumante. Tras el desmoronamiento, el mundo que tendremos que levantar y dar forma deberá ser aprovechando el moldeado de esta mezcla maleable de átomos y bits.

Sin embargo, no deja de ser turbador el espectáculo del reblandecimiento generalizado de todo aquello que era apoyo firme de nuestras certezas. Un caso bien expresivo es la pérdida de confianza de aquello que vemos. Lo que nos muestra la pantalla (ventana hoy para ver el mundo) es la condensación de la niebla de ceros y unos sobre la superficie fría del cristal de la pantalla, y esas mínimas gotas, pero visibles, son los píxeles. Y, de igual modo que se condensan, se evaporan y desaparecen. Así de inconsistente y fugaz es lo que vemos, pues evaporada la visión se puede, con toda facilidad, recombinar las ristras de ceros y unos y alterar lo que se ha visto para cuando otra vez se condense en píxeles sobre la pantalla.

Es una manifestación de la oralidad digital. La cultura escrita daba persistencia a la palabra. Con la escritura, la palabra hablada, tenues y fugaces vibraciones del aire, se fija en trazos duraderos que se muestran ante los ojos, con la objetividad de la distancia entre el lector y la palabra convertida en objeto, que incluso se puede sujetar con las manos (tacto) y experimentar el sentido de posesión. Pues bien, ha vuelto la oralidad —la oralidad digital— con un lenguaje potentísimo con el que poder describir y narrar el mundo, todo lo que contiene y sucede en él: esa imagen que vemos en la pantalla es la condensación (vaho de píxeles) de la espiración de una detallada descripción oral (digital) de todos sus detalles. Hasta el punto de que, con igual facilidad que en la narración oral, se puede cambiar en el relato cualquier detalle sin dejar huella (esos ojos ya no son verdes, sino negros).

La potencia creadora de este lenguaje es tan fenomenal que no deja de sorprendernos e incluso sobrecogernos. Nos llega muy directamente, sobre todo, la pérdida de certeza de lo que vemos. El impacto más reciente, rápidamente extendido (deepfake), más allá del trucaje cinematográfico, es la sustitución del rostro de una persona en un vídeo por el de otra, de manera que ves hacer a esta lo que no ha hecho y oír lo que no ha dicho (pues falsificar la huella tan identificadora de la voz es también posible).

Nuestra cultura es el resultado de la imposición de la visibilidad sobre la oralidad, aquello que se puede ver sobre aquello que se oye, aquello que se puede poner delante y no tan solo decir. Hacer ver (clave también de la labor de la ciencia). Por eso, ante esta reinterpretación de la oralidad habrá que crear modos de proporcionar confianza, formas nuevas de autoridad, narradores competentes, autonomía personal a través de la educación… Un gran reto para construir un mundo con otros recursos y otra arquitectura diferentes a los del mundo que se nos ha desmoronado.

Antonio Rodríguez de las Heras es catedrático Universidad Carlos III de Madrid

La cultura escrita daba persistencia a la palabra. [...] Pues bien, ha vuelto la oralidad —la oralidad digital— con un lenguaje potentísimo con el que poder describir y narrar el mundo, todo lo que contiene y sucede en él.

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La vida en digital es un escenario imaginado que sirva para la reflexión, no es una predicción. Por él se mueven los alefitas, seres protéticos, en conexión continua con el Aleph digital, pues la Red es una fenomenal contracción del espacio y del tiempo, como el Aleph borgiano, y no una malla.

Retina

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