La crisis de las relaciones sociales y el porqué del ‘cohousing’

Las fórmulas de alojamiento compartido juegan un papel clave en sociedad hiperconectada en la que, paradójicamente, lo difícil es conectar con otros

La crisis de las relaciones sociales y el porqué del ‘cohousing’

En determinados ámbitos, se suelen entender las fórmulas del coliving o cohousing, el uso de viviendas con espacios privados y servicios compartidos, como una solución a los elevados precios de la vivienda en alquiler en el centro de las principales ciudades. Se entienden así estas fórmulas como un mal menor, y entre líneas se traslada a la sociedad el mensaje de que los promotores de estas fórmulas son especuladores sin escrúpulos que se aprovechan de las necesidades insatisfechas de un mercado del alquiler en riesgo de burbuja.

Este enfoque es negativo y lleva a algunos expertos a comparar estas soluciones con las viviendas comunales de la antigua URSS o incluso con las pensiones de posguerra. Plantear la vivienda con espacios y servicios comunes como una solución triste, cutre y frustrante a los problemas de habitabilidad en el centro de las ciudades es pensar que vivimos en la sociedad de hace 50 años y aspiramos a lo mismo que nuestros padres y abuelos.

Honestamente creo que este es un planteamiento de “mal menor” que no puede explicar por sí solo el auge de sistemas de cohousing cada vez más sofisticados y más centrados en la persona. Los primeros en entenderlo fueron aquellos colectivos que más dificultades tenían para encontrar soluciones que se ajustaran a sus necesidades: los mayores y los estudiantes. Además de sus específicas necesidades habitacionales y de servicios, este tipo de alojamiento solucionaba uno de los problemas más frecuentes entre los jóvenes que se desplazan para estudiar fuera de sus entornos de origen, y entre las personas mayores que quieren mantener su autonomía: la soledad, la falta de redes sociales entendidas no como plataformas digitales sino como espacios de socialización y apoyo de otras personas, sean o no de la familia.

Resulta paradójico que, en la era de las redes sociales y de las aplicaciones para conectar con otras personas, la falta de redes no virtuales sea un riesgo real para jóvenes y mayores. Mientras unos han crecido socializando desde su móvil y carecen de suficientes habilidades para relacionarse sin intermediación tecnológica, mirando a los ojos, interactuando de verdad con otra persona y no con su pantalla, los otros sufren el progresivo desmantelamiento de sus redes informales de apoyo integradas antaño por vecinos, amigos, porteros, proveedores de bienes y servicios del barrio, etc.

Un tercer colectivo, el de los profesionales que teletrabajan por cuenta propia o ajena, también tiene en común con los anteriores los problemas de falta de interacciones sociales. Más allá del networking, donde la interacción tiene un propósito puramente profesional y, por tanto, tiene en muchas ocasiones algo de impostura, las personas que trabajan solas también necesitan relacionarse con la gente en otros registros.

De lo dicho hasta ahora, se concluye que estos tres colectivos tienen en común:

-Necesidades insatisfechas de socialización.

-Recursos limitados para alquilar una vivienda.

-Posibilidades de cambios bruscos en sus circunstancias personales, sean estos cambios deseados o sobrevenidos (dependencia, estudios en otro país, etc.).

-Necesidades no resueltas de servicios específicamente pensados para ellos.

La actual oferta residencial de las ciudades apenas llega a cubrir una parte mínima de la demanda existente entre jóvenes y mayores. Si el precio del alquiler fuera el problema al que el cohousing quiere dar solución, las familias con hijos habrían sido un nicho de mercado claro desde el principio, por ejemplo. Sin embargo, el auge de estas fórmulas habitacionales se limita a colectivos que tengan estas necesidades de socialización, servicios específicos, flexibilidad y costes razonables.

Precisamente una de las virtudes de estos espacios es su capacidad para crear comunidades que se desarrollen de forma orgánica y que permitan la participación de todos los individuos que las componen. Por ello, las personas que toman la decisión de alojarse en un espacio compartido no tienen la sensación de estar invirtiendo tanto en una vivienda como en una comunidad. Una comunidad en la que conocer a nuevas personas con los mismos intereses o aspiraciones vitales; donde las distintas aportaciones ejerzan una influencia tan positiva en la calidad de vida de los individuos como el hecho de disponer de gimnasio o coworking.

Todos estos elementos han sido fundamentales para el enfoque de las residencias de estudiantes que estamos desarrollando en España y Portugal. Porque de nada sirve vivir en un entorno vanguardista si no eres capaz de relacionarte, de hacer amigos y de compartir las experiencias de los años más determinantes en la formación de la personalidad adulta.

En el estudio que estamos elaborando sobre nuevos modelos de residencia pudimos identificar aspectos clave para abordar el diseño de espacios que ofrecieran a los residentes un entorno enriquecedor en el ámbito personal, laboral y académico. Dicho estudio sacó a la luz algunas de las dinámicas que caracterizan a la denominada Generación Z, drásticamente distintas a las que pudieran manifestar los baby boomers o incluso la generación millennial. Al desarrollo de los aspectos físicos relacionados con el confort o la ubicación de las residencias, hay que sumar aspectos sociales y relacionales que nunca antes se habían tenido en cuenta, como la identidad online, vehículo de expresión de sentimientos, emociones, estados de ánimo, ambiciones o desacuerdos y que juega un papel crucial en la formación de los jóvenes.

Urbanistas y arquitectos saben que los espacios en los que vivimos acaban por definir cómo nos relacionamos con los demás. Comprender las necesidades de las personas, con toda su complejidad y con la vista puesta en aspectos que van más allá del precio, nos ayudará a crear edificios mejores para generar redes auténticas, que son, sin duda, el verdadero material con el que se construyen las ciudades.

Jeffrey Sújar es CEO de Syllâbus by Urbania