La certeza necesaria de un Gobierno fuerte, centrado, estable y reformista

Es necesario poner en marcha las reformas pendientes de los últimos cuatro años

Las elecciones de 2008 estuvieron envueltas en las agitadas vísperas de la mayor crisis económica de los últimos ochenta años, y solo unos meses después los españoles se dieron de bruces con la desagradable realidad de que, mientras votaban, la economía ya había iniciado la caída libre en la que se mantuvo por casi seis largos años. Ahora, doce años después, el runrún de una nueva crisis ronda los malos pensamientos de los electores, ya que en los últimos seis meses no hay un solo dato alentador en la economía, y pese a que el debate económico apenas ha surgido en la campaña electoral. El PIB crece, y a un ritmo sensiblemente más alegre que la Unión Europea, pero lo hace a la mitad de velocidad que hace un par de años, y el desempeño en materia de empleo se ha limitado a dos terceras partes.

La sensación que tiene la comunidad de inversores es que la flojera de la actividad en la que ha entrado España es más reflejo directo de los conflictos económicos internacionales y del estancamiento europeo que de la parálisis política en la que España está inmersa desde principios de 2016. De hecho, consideran que la situación afecta poco a las decisiones de inversión, salvo el retraso de algunas operaciones corporativas y el esperar y ver en el que algunas grandes inversiones se han instalado hasta que se levante la niebla que impide ver en qué momento se estabilizará la gobernabilidad de España contaminada por la crisis secesionista catalana, que con la cita de este fin de semana, habrá sido puesta a prueba ya cuatro veces en las urnas para dilucidar quién la gobierna.

España resiste mejor que las economías del entorno por la mejora de las condiciones que para el crecimiento supusieron las intensas reformas de la legislatura en la que Rajoy gobernó con mayoría absoluta. Pero la inercia da síntomas alarmantes de agotamiento desde hace varios trimestres, y sería precisa una nueva inyección de confianza acompañada de un renovado impulso reformista para revertir la tendencia y seguir absorbiendo los diferenciales de renta y de empleo con el espejo europeo en el que nos miramos.

Tal cosa solo puede llegar si se logra armar tras las elecciones del domingo un Gobierno o coalición de gobierno fuerte (con más de 176 escaños en el Congreso), estable, centrado y reformista, que acabe con el paciente marasmo de la ingobernabilidad y ponga en marcha las reformas pendientes de los últimos cuatro años. Unos años en los que solo han habido amenazas de contrarreformas y alguna contrarreforma ejecutada, como el aplazamiento del inaplazable control del gasto en pensiones. La economía y todos los agentes que operan en ella, los activos y los pasivos, lo agradecerán. Y eso está en sus manos.