La teleco brasileña Oi es un caso perdido, pero no está muerta... aún

Necesita una inyección de efectivo, pero eso no garantiza su supervivencia

Logotipo de la teleco brasileña Oi, en Sao Paulo.
Logotipo de la teleco brasileña Oi, en Sao Paulo.

Pocas empresas tienen un nombre tan acertado como Oi, el mayor operador de telefonía fija de Brasil, el cuarto mayor operador de telefonía móvil del país, y caso perdido número uno. Los rivales están husmeando alrededor de su negocio de telefonía móvil, y la tambaleante empresa de telecomunicaciones necesita el efectivo. Pero una inyección no garantiza la supervivencia de Oi.

Es un desastre que lleva años volviendo quejicas a los inversores. La desastrosa fusión de Oi con Portugal Telecom, anunciada en 2013, se vio sumida en deudas incobrables y denuncias de irregularidades, justo cuando Brasil sufría una devastadora recesión.

Cuando el valor del real se desplomó, la carga de la deuda en moneda extranjera de Oi se disparó. El apalancamiento de Oi pasó de menos de 4 veces el ebitda en 2013 a más de 6 veces en 2015, año en que vendió sus activos portugueses a Altice. La compañía se declaró en bancarrota en 2016 con casi 65.000 millones de reales (ahora 16.000 millones de dólares) de deuda, y está desde entonces tratando de salir adelante.

Oi necesita vender algunos activos. Cuando publique las ganancias del tercer trimestre el día 13, la dirección probablemente hablará de inyectar miles de millones en su red de fibra para mejorar la competitividad. Esto requiere una cantidad importante de dinero, un reto singular para una compañía que ha sufrido la mayor reestructuración corporativa en los tribunales de la historia de América Latina, completada el pasado mes de enero, aunque aún no ha salido definitivamente del proceso.

La participación de la compañía en la angoleña Unitel debería ser la primera en pasar por la guillotina, junto con otras participaciones no fundamentales. Desprenderse de toda su red móvil en beneficio de uno o más pretendientes (como Telefónica Brasil y TIM, filial de Telecom Italia, que mostraron su interés el 29 de octubre) tiene sentido, pero Oi puede preferir emitir deuda respaldada por cuentas por cobrar.

Esa es una mala idea. Desde la aprobación de su plan de reestructuración en 2017, la base de clientes móviles de Oi se ha reducido en un 20%, y no ha cumplido con los objetivos de rentabilidad del plan. Está en camino hacia un déficit de efectivo de 7.000 millones de dólares hasta 2021, basándose en sus metas de gasto, según Fitch Ratings.

Hay algunos signos positivos más. Oi debería beneficiarse de la reciente aprobación de la tan esperada puesta al día de la regulación de las telecomunicaciones.

Y la gestión debería mejorar con una nueva jefa de finanzas, Camille Loyo Faria, procedente de Bank of America Merrill Lynch, y el probable reemplazo de Eurico Teles. Un accionista mayoritario, GoldenTree, está presionando para sustituir a Teles rápidamente.

Puede que sea demasiado tarde. El mercado de telecomunicaciones de Brasil es muy competitivo, y los rivales de Oi son más fuertes en lo financiero. Oi aún no está muerta, pero a falta de un milagro, podría estarlo pronto.

Los autores son columnistas de Reuters Breakingviews. Las opiniones son suyas. La traducción, de Carlos Gómez Abajo, es responsabilidad de CincoDías